05.03.2010 04:30

Amado Nervo, El poeta ilustre de México

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo, más conocido como Amado Nervo fue un poeta nacido el 27 de agosto de 1870 en Tepic, Jalisco, México y muere en Montevideo, Uruguay el 24 de mayo de 1919.

Su obra ha sido encasillada en el movimiento modernista debido a la época en que se produjo, pero su estilo cargado de misticismo, melancolía y una tristeza inherente, hacen pensar que dicha denominación resulta chica para definir su verdadera postura estética, que en los últimos años mostró una tendencia más limpia, sin artificios técnicos, algunas veces sin rima y con una visión de la rítmica más elegante e intuitiva.

Tres muertes a lo largo de su vida ocasionaron severos descontentos y tal vez fueron el detonante de su obra, la de su padre cuando él tenía trece años, el suicidio de su hermano Luis, que también era poeta, y la muerte de su amada Ana Cecilia Luisa Daillez.

El celaje

¿A dónde fuiste, amor; a dónde fuiste?
Se extinguió en el poniente el manso fuego,
y tú que me decías: !hasta luego,
volveré por la noche"... ¡No volviste!

¿En qué zarzas tu pie divino heriste?
¿Qué muro cruel te ensordeció a mi ruego?
¿Qué nieve supo congelar tu apego
y a tu memoria hurtar mi imagen triste?

¡Amor, ya no vendrás! En vano, ansioso,
de mi balcón atalayando vivo
el campo verde y el confín brumoso.

Y me finge un celaje fugitivo
nave de luz en que, al final reposo,
va tu dulce fantasma pensativo.

Soneto

¡Qué son diez años para la vida de una estrella!
Mas para el triste amante que encontró la mitad
de su alma en el camino, y se enamoró della,
diez años de connubio son una eternidad.

Diez años, cuatro meses y siete días quiso
el Arcano, que encauza las vidas paralelas,
juntarnos no en meloso y estulto paraíso,
sino en la comunión de las almas gemelas.

Conducidos marchamos
por un amor experto;
del brazo siempre fuimos,

y tal nos adoramos,
que... ¡no sé quién ha muerto,
o si los dos morimos!

Si tú me dices: ¡Ven!

Si tú me dices: ¡ven!, Lo dejo todo...
No volveré siquiera la mirada
Para mirar a la mujer amada...
Pero dímelo fuerte, de tal modo

Que tu voz, como toque de llamada,
Vibre hasta en el más intimo recodo
Del ser, levante el alma de su lodo
Y hiera el corazón como una espada.

Si tú me dices: ¡ven!, Todo lo dejo.
Llegaré a tu santuario casi viejo,
Y al fulgor de la luz crepuscular;

Mas he de compensarte mi retardo,
Difundiéndome, ¡oh, Cristo!, Como un nardo
De perfume sutil, ¡ante tu altar!

Sonetino

Alba en sonrojos
tu faz parece:
¡no abras los ojos,
porque anochece!

Cierra -si enojos
la luz te ofrece-
los labios rojos,
¡porque amanece!

Sombra en derroches,
luz: ¡sois bien mías!
Ojos oscuros:

¡muy buenas noches!
Labios maduros:
¡muy buenos días!

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